El terremoto del 27 de febrero de 2010 afectó al 80% de un país sacudido muchas veces. Sacudido realmente, como cual perro incómodo por el agua se deshace de ella. Así la tierra se sacudió.
El mismo día sábado noté que no sólo se derrumbaron puentes, casas y edificios. Se había derrumbado la rutina, la forma de vivir mi sábado. La concentración que tenía puesta en hacer -porque ese día ya estaba programado- se cambió por observación. Habían muchas cosas diferentes, desde el paisaje, los grandes negocios cerrados, filas para cargar bencina, mi celular sin señal y todo lo que en mi casa se rompió.
Junto con la tarde volvió la elecricidad y pudimos ver por televisión la magnitud de la crisis, la tristeza, la pérdida y el caos.
Pero de alguna manera me sentí más libre, ya no tenía la obligación de tener el celular prendido, de llegar temprano a comprar para evitar la congestión; de cierta imposición del sistema (más bien de autoimposición), porque parte de este sistema se había desmoronado. A causa del sismo no hubo tiempo para los líderes de buscar sus mejores trajes, de aparecer peidaitos y ordenaditos ante las cámaras; eso ahora no importaba.
Y se había desmoronado también el edificio principal en mi lugar de trabajo, lo que causó que el caos también llegara hasta allí. Para mi fue un descanso; no podía trabajar, por lo tanto no eran importantes los papeles y muchas otras cosas que a pesar de que se que nos había caído parte del techo falso nuestras dependencias resistieron magníficamente.
Entonces sentía empatía y compasión por la pérdida y libertad también por la pérdida pero de cosas que me ligaban al sistema, a la obligación. El valor de muchas cosas cambió.
Este sismo me ha ayudado a saber qué quiero; la sensación de libertad, tal como la da la Novena Sinfonía de Beethoven; es un sentimiento impagable.
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